Desde la oscuridad de un domingo lo nombra
la vibración cálida de las cuerdas
en un tango lejano o entre las luces
que luego de 24 horas aún me hacen volar.
Lo veo por Vieytes, corriendo por las cornisas
y de súbito entrando con la luz por mi ventana.
Se sienta a mi lado y me reitera su ausencia,
me acusa de lunática y vuelve a desaparecer.
Canta su invisibilidad mientras se ríe
siempre esquivo, se burla de mí.
Se cambia de ropa, de rostro,
de escenario, de instrumento,
arte escénica o visual,
labios anchos o nariz de zanahoria.
Pese a todo, lo sigo queriendo
aunque deteste su felonía
y aunque no me sirva bien
para pensar, articular poemas,
o salir a salvo de este domingo baldío.





0 chamuyos:
Publicar un comentario