Yo bailo porque quiero que el mundo recuerde que los sentimientos existen. Cuando alguien ve un bailarín y no siente nada, sea malo o bueno, hay que reconsiderar la situación. O el bailarín no tiene la convicción que se necesita para estar en un escenario, o esa persona tiene algo que corregir en su psiquis. Los bailarines están para hacer sentir a la gente, ese es el punto.
En un aspecto más personal, del mismo modo, yo bailo para sentir. No hay mejor cosa que salir de una clase más llena que nunca, porque ese día Adolphe Adam o María Prétiz me quisieron hacer llorar. Bailar es una extensión del sentimiento humano, así que no me importa si me puedo golpear mi cabeza con una pierna si eso no me ayuda a transmitir lo que con mi cuerpo necesito decir.
Espero nunca volverme del tipo de bailarina que valora más una pierna bien rotada que una variación bien interpretada. Y con interpretar me refiero a internarse en el personaje al punto de serlo, de sentir su tragedia o su alegría. Es como leer un poema y que te afecte más el hecho de que algo está mal escrito que lo que el poeta sacó desde el fondo de su alma. Es simplemente absurdo.
Por eso es que el mundo de la danza es tan pesado. Porque eso es lo que se suele enseñar. El amor a la técnica debería ser un instrumento para perfeccionar la interpretación. Pero todos están tan enamorados -o tan inseguros- de sí mismos que lo único que hacen es verse en los espejos y subirse al escenario para sentir que son geniales. El sentimiento verdadero queda en un segundísimo plano, para pasar al cultivo del ego.
Me he llevado muchos golpes por tener esta visión rosa de las cosas. Pero no voy a cambiar mi parecer porque por eso valgo y por eso vale todo esto. Bailo porque estoy viva y porque estoy viva siento. Es una analogía inseparable. Daré mi corazón cien veces y aunque noventa y nueve lo rechacen, por esa única oportunidad de llegar a alguien todo esto valdrá la pena.





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