Escrito luego de la milonga de marzo...
Fin de mes. Último sábado. Día de milonga.
Ir a una milonga siendo un principiante es algo así como "comprueba tus dotes y sé recompensado". Bailás el primero, siempre con el profesor dadivoso. Él se siente en la obligación de invitarte a uno o dos tangos (a vos y a las demás). Lo hace con buena intención. Te señala si vas mal, te dice si lo estás sintiendo o no... Terminás el tango y te sentás. Quedás inconforme, vos sabés que lo pudiste hacer mejor. Pero bueno, te agarraron en frío y en realidad no lo estabas sintiendo tanto.
Te ponés a mirar a las demás parejas, observando el bonito paso de aquella, el estilo de la otra. Almacenando "volados" para la próxima.
Llega un señor que viste la vez pasada y te saca. Bailás con él. Está igual que vos, "bateado". Lleva lo mismo que vos bailando, entonces a lo mejor no caiga tan bien dentro del compás y de vez en cuando pierda el equilibro o algo así. Pero de todas maneras salió bien el asunto. Te volvés a sentar.
Al rato vuelve el profesor, ya estás más preparada para la cosa. Esta vez, desde el primer paso, te la comenzás a creer. En el sanguchito hacés un firulete ahí medio gracioso, poniéndole tu sello. Cerrás los ojos de vez en cuando "'pa escuchar mejor". Dejás que te abraze más profundamente y te la comenzás a creer más. Entonces se aceleran los pasos. Uy, ahí metiste la pata donde no era. No importa, vos seguís como si supieras mucho. Te inventás cada vez más adornitos para que te veás más elegante. En fin, te equivocaste varias veces, no era la grandísima cosa, pero lograste lucirte. Entonces te vas a sentar. Estás más feliz, esta vez te salió mucho mejor. El profesor saca a tu amiga y vos quedás en la mesa.
Pero resulta que alguien te vio mientras vos te hacías la inventora. No te terminás de sentar cuando ves la mano de otro profesor. Vos pensabas que era medio reservado, no era como el otro. Creías que no sacaba ni a sus alumnas, sólo a las que se veían bien entradas en el asunto. Estabas convencida que ni después de seis o siete milongas más se te iba a acercar. Pero ahí estaba...
Entonces las venas se te hinchan con más sangre y más emoción. Ahora sí que te la crees más que nunca. Salís con un paso que en tu cerebro es rarísimo, pero que en tu corazón parece ser lo más natural del mundo. Y así sucesivamente hacés cosas que no tenías idea que sabés. Tratás de cerrar los ojos pero no podés, porque necesitás ver para creer. Seguís así... haciendo un 20% de cosas conocidas de mente y un 80% de corazón. Usás las rodillas más que nunca, porque él tiene una manera tan particular de bailar que te lleva del suelo al cielo y viceversa en tres compases. Te equivocás, si, pero a él parece no interesarle, como si lo que estás haciendo existiera de verdad. Una vuelta y acabó el sueño. Lo único que alcanzás a decirle es un chillón "muchas gracias", acompañado de una típica sonrisa de "todavía no lo supero". Y te sentás. Por varios minutos te late el cuerpo entero como si hubieras corrido, saltado, muerto, volado y resucitado.
Ves a unas cuantas parejas y resulta que te tenés que ir. Desde ese momento y hasta la próxima milonga vas a rezar porque aquello vuelva a suceder. Los pies se te pegan al suelo, pero los arrancás y te vas. Vas en el carro, llegás a la casa, escribís y no lo podés superar.
Después de tanto reflexionar, puede que se te ocurra algo...
Porque en el tango es imperativo sentir. Desarrollás un sexto sentido que te hace no solo sentir el paso que te propone tu pareja, sentir qué podés inventar, sentir la música, sentir si vas mal o bien, sentir, sentir, sentir... sino también crear un lazo demasiado fuerte como para no conocer a la persona. Y no se necesita hablar, solamente sentir. Si la sangre sube a cada compás, así es... Así se baila el tango.
La sangre que sube a cada compás
Emitido por la señal de
dAdAniMu
a las
1:37 a. m.
jueves, 1 de mayo de 2008
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