Ya todo se llenó de etiquetas otra vez, ese es el primer síntoma de intoxicación. La calle en donde transito todos mis días, mi Corrientes ficticia se llenó de nuestros pasos y risas cuando deteníamos el transito al cruzar las calles -porque en serio sucedía-.Un café en el cual saludar trenes con un gusto a chocomenta en la boca. Una bolsa de ropa. Un puesto en el cual robar risas -porque no compramos nada-. Mi lugar de reuniones, mi gimnasio, un bar lleno de niños y faunos -de los que me salvó con solo asegurarme entre sus brazos-. El barrio por el cual siempre camino y siempre creo verlo. Todo mi mundo se llenó de etiquetas con nuestros nombres secretos, esas dos personas que creamos inconscientemente cuando nos conocimos.
Ahora no puedo quedarme pensativa porque la ilusión y el miedo aparecen con sus respectivos ejércitos. El primero revienta sus cañones y de su pólvora se recrea un escalofrío que recorre todo mi cuerpo hasta explotar en una sonrisa. La ilusión me regresa a encontrarme segura entre su pecho y sus piernas.
Pero el miedo me encierra en la incertidumbre de la posible repetición de la historia. Me encierra en el calabozo del abandono, en el cual he caído tantas veces por ser como soy... y me hiero a mi misma, pensando que nada de esto es real. Que detrás de esos ojos que me miraban fijamente al hablar y que no se despegaban tras el silencio no hay nada más que... nada.
Así se da la batalla entre dos voces que me insisten sobre el sí y el no, modificando completamente mis ánimos hacia uno u otro lado de la balanza -analogía inherente a él, sin querer-. Un poco porque odio esperar, porque tengo el corazón muy débil... pero más que todo, porque nunca... porque nunca.





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