Teoría de las muertes múltiples

miércoles, 1 de octubre de 2008
Escena de la futura gran obra gran: Estela de los astros porteños. La historia auto?biográfico-fantástica de mi primera? visita a Buenos Aires.





Verde era su atuendo de caballero errante
que tras su andar circunscrito
brillaba en una estela de mágica efusión.

Verde era la profundidad desde la cual miraba,
mas no sé si era verde su pupila también.


Prefacio – Condena e infarto


Multicolor era la pista, pero entre tonos y matices
todos, temblorosos, se ofrecían el corazón.
En cuestion de dos o tres pequeños instantes
el buen aire se había ido y venía el calor.

Se llenó de luz mi hombro y al volver a ver
mi voluntad cayo de bruces, un poco sin querer.
Aquel verdor que de verde se había acercado
venía a darle fin a mi huérfana trepidación.

Al decir “¿bailás?” con ese son que me mata,
aquel de las voces porteñas que me vieron morir,
mi razón se arrastró directo hacia la puerta
y decidió abandonarme a la suerte de mis pies.

Mi rostro ausente construyó una sonrisa
con lo poco que le quedaba aun en pie.
Caminando al fin hacia la pista dorada,
comenzó el abrazo en el que moriría otra vez.




Muerte primera


Entre fantasmales firuletes y cortes sublimes,
gimió su duende en la primera señal de mi deceso.
En contestación gimió un hada encerrada en mi pecho
y fue muriendo cada vez más la luz entre los dos.

Seguimos caminando juntos con el piano
y con voleos y cortes matamos al violín.
Las dos notas finales ahogaron mis fueyes,
entre segundos de abrazo, me asfixié y fallecí.


Resurrección I

Su nombre porteño se hospedó en la fiesta de mi pecho.




Muerte segunda


No importando el nombre ni la distancia
ni la reducción del tiempo en una tanda,
reviví para morir en un segundo intento
a la señal que diera su devoción.

Gimió esta vez un hada en su interior
y su éxtasis llegó al último escalafón.
Matándome más que la vez primera
secretaron mis montes torrenciales de pasión.

Acabando el ruido de las interferencias
cerré los ojos para terminar de morir
Con pleamares sanguíneas terminó el tango
y sus ojos entreabiertos me quisieron besar.


Resurrección II

Aunque las palabras no salieran tanto de su boca
me di el lujo de amurarme a ellas y vivir.




Muerte final

Comenzaba yo a ser un alma con la suya,
a llevar el andar de mis pies en pleitesía.
Empezaba a oler la noche a acetato quemado
cuando los pasos de la razón llegaron a mí.

Terminé de bailar enredada en su lobreguez
y adiviné que me decía que dejara de soñar
pues tan lejos, a cada lado de la 9 de Julio,
estaban nuestras almas con toda la luz entre las dos.

Y morí no por el sueño, sino por la realidad
de pensarme sola al final de la tanda.
Se acabó el abrazo y divisé un “gracias”
entre la sonrisa y sus ojos cansados de fogosidad.

Antes de tiempo terminó la odisea
de morir y morir sin querer y queriendo




Epitafio

Nos fuimos ambos con aguas llenas
viendo centellas encendidas de arrebato.
Mas el se quedó con el resto de la milonga
y yo me regresé sola a mi trópico vulgar.



Un poema largo sobre un momento... Una tanda puede ser... Esto.
El primero (y espero que no el último) de la serie de poemas provocados por la ciudad de Buenos Aires... la que me vio morir tantas veces.
El tango es un ritual de cortejo inútil. Pero disfrutable.

1 chamuyos:

  1. M. Chavarría dijo...:

    "La melancolía de morir en este mundo y de vivir sin una estúpida razón".

    Muchas gracias por comentar y dedicarle un ratito a mi pequeño blog. n.n

    Me encontré cosas intersantes por acá. :)

 
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